2. ESTRÉS

2.3 Síndrome general de adaptación

Al enfrentar al organismo a situaciones continuadas de estrés, se puede observar la siguiente evolución temporal de los síntomas, denominada Síndrome General de Adaptación (Selye) y que consta de tres fases:

  1. Fase de alarma: Ante la percepción de una posible situación de amenaza, el organismo empieza a desarrollar una serie de reacciones fisiológicas y psicológicas (aumento de las frecuencias cardiacas y respiratorias, ansiedad, inquietud, etc.) que lo predisponen para enfrentarse a esa situación estresante. La aparición de estos síntomas está influida por factores como los parámetros físicos del estímulo ambiental (p.e. intensidad del ruido), factores de la persona, el grado de amenaza percibido y otros como el grado de control sobre el estímulo o la presencia de otros estímulos ambientales que influyen sobre la situación. Cuando el estímulo es intenso o se prolonga en el tiempo, aparece la fase de resistencia.
  2. Fase de resistencia: Es aquí donde el organismo pone en juego todas sus capacidades para hacer frente al estresor, tratando de resistir a su efecto o tratando de adaptarse para mantener el equilibrio interno del organismo. Si se logra el equilibrio deseado ante la exposición del agente estresante, el organismo vuelve a la normalidad. En cambio si el organismo no logra superar los efectos de dicha presión continuada o de la intensidad de la misma, aparece la siguiente fase.
  3. Fase de agotamiento: Si la fase de resistencia fracasa, es decir, si el organismo no logra adaptarse a la situación, se produce la fase de agotamiento donde los trastornos fisiológicos, psicológicos o psicosociales tienden a ser crónicos o irreversibles.

 

Cuando nuestra capacidad de respuesta ante los distintos problemas a los que nos enfrentamos en el trabajo nos permite hacer frente a dichas demandas, conseguimos adaptarnos y superar con éxito los desafíos profesionales, sintiendo una agradable sensación de bienestar y motivación por los logros conseguidos. Sin embargo, cuando nuestra capacidad de respuesta es sobrepasada, cuando sentimos la incapacidad de afrontar dicha situación, nuestro cuerpo se pone en tensión ante una situación que interpreta como una amenaza. Ante esa percepción de peligro se desencadena un conjunto de reacciones fisiológicas y psicológicas englobadas dentro del término estrés laboral.

De esta forma el estrés laboral aparece cuando las exigencias dentro del entorno laboral superan las capacidades del trabajador/a para hacerlas frente o mantenerlas bajo control.

El estrés propiamente dicho no es una enfermedad, pero la exposición del organismo a situaciones estresantes  puede provocar distintas alteraciones en la salud.

El estrés no resulta nocivo en sí mismo. En principio surge como  una adaptación evolutiva de los seres vivos para dar una respuesta ante situaciones amenazantes.  Esta adaptación exige un esfuerzo físico, psicológico y emocional. El término estrés, en traducción literal de la palabra inglesa de la que procede, significa “tensión”, “sobrecarga” o “esfuerzo”.

Cuando hablamos de efectos perniciosos que pueden acarrear, nos referimos a una situación que ya sea por su intensidad o por estar sostenida en el tiempo, produce un desequilibrio por el mantenimiento de ese esfuerzo, pudiendo entonces provocar diferentes daños.

 

Así podemos distinguir entre:

  • EUSTRÉS o estrés positivo. Es preciso para proporcionar al organismo los adecuados niveles de activación necesarios para hacer frente a la situación que provocó esa excitación. El organismo reacciona pero no supera su propia capacidad, regresando a su estado basal.

 

  • DISTRÉS o estrés negativo. La reacción de respuesta es desmesurada o de excesiva duración temporal. Se sobrepasa la capacidad de resistencia y adaptación del organismo provocando un desequilibrio con consecuencias físicas, psicológicas y emocionales dañinas para el individuo.