2.7 Efectos y consecuencias del estrés

2.7.1 A Nivel orgánico

En general la respuesta de estrés implica una disminución de las actividades relacionadas con demandas o funciones a medio o largo plazo, y una movilización general y masiva de recursos para reaccionar y hacer frente de manera rápida y eficaz a la demanda inmediata.

Se consideran implicados en la respuesta de estrés tanto los mecanismos neural como endocrinos específicos, los cuales se pueden diferenciar en tres ejes básicos de actuación:

  1. Eje neural: Se activa de forma inmediata, en tan solo unos segundos, e implica la activación del Sistema Nervioso Autónomo (SNA) y el Sistema Nervioso Somático (SNS).
  2. Eje neuroendocrino: Más lento en su actuación, implica la activación de la médula de las glándulas suprarrenales, con la consiguiente segregación de adrenalina y noradrenalina, que produce efectos similares a la activación simpática, lo que ayuda a mantener y aumentar la actividad adrenérgica.
  3. Eje endocrino: Activado cuando la persona percibe que no puede hacer algo activo para controlar la situación, esto provoca la liberación de corticoides, con sus efectos sobre distintos órganos diana, entre ellos:
    • Incremento en la producción de glucosa.
    • Supresión del apetito.
    • Irritación gástrica.
    • Reducción o supresión de mecanismos inmunológicos.
    • Sentimientos de depresión e indefensión.
    • Incremento en la liberación de ácidos grasos en sangre.
    • Liberación de endorfinas y encefalinas, con sus efectos de disminución en la percepción del dolor.

 

Muchos expertos atribuyen a causas ligadas al estrés entre el 50 y 70 por ciento de las enfermedades. Pero probablemente la más peligrosa es la que afecta a las coronarias.

También tiene influencia en muchas de las enfermedades de acumulación lenta (tan frecuentes en las sociedades occidentales actuales) que pueden estar causadas o agravarse por el estrés. Ante una alarma real o imaginaria, el organismo reacciona a través de diferentes sistemas neuroendocrinos y se prepara para luchar contra la amenaza o huir de ella.

Esta reacción que en principio es natural, puede acabar teniendo unas consecuencias tremendamente negativas para la salud si se presenta con demasiada frecuencia.

Así se activa el sistema nervioso autónomo, que controla, entre otros, los músculos que alteran la digestión y la presión sanguínea. El sistema nervioso libera una serie de hormonas en el torrente sanguíneo. Bajo la acción de estas hormonas el cuerpo sufre toda una serie de modificaciones:

  • Se libera adrenalina y noradrenalina.
  • El hígado transforma los nutrientes en energía.
  • El corazón acelera su ritmo para bombear más sangre hacia las extremidades, desviándola del estómago y de los centros cognitivos superiores del cerebro.
  • La sangre aumenta su velocidad de coagulación para cerrar rápidamente eventuales heridas.
  • La circulación sanguínea se desvía de la superficie corporal (de ahí la palidez) para evitar pérdidas en caso de heridas y se dirige a los músculos largos, que son los que sirven para pelear o retirarse.
  • Las membranas de la nariz y garganta se encogen para ensanchar el conducto y facilitar el paso de un mayor flujo de aire.
  • Los pulmones, con respiración rápida y entrecortada, oxigenan el cerebro y los músculos en busca de energía y eficacia.
  • Se prioriza la oxigenación en las zonas del cerebro que se ocupan de los sentidos para agudizarlos al máximo. Algunas hormonas como el cortisol, colaboran en esta tarea. Oímos más. Se dilata la pupila para ver mejor. Pero se sustrae oxígeno de las zonas del cerebro que se ocupan de funciones de largo plazo como pensar; y de otras no urgentes como alimentarse.

 

Es decir el cuerpo dedica su energía a las funciones que la naturaleza entiende que resultan prioritarias para solventar con mayor eficacia una emergencia.

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